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Autismo sí, autismo no: los peligros de un "diagnóstico" que olvide al niño y su individualidad

 

Autismo sí

En la década del 40, aparece por primera vez en la bibliografía psiquiátrica, el término Autismo infantil precoz.

Desde esa época hasta nuestros días, mucho se ha avanzado en el conocimiento de este cuadro que afecta a un grupo de niños no específico.

Existen controversias entre distintas ópticas psiquiátricas y psicológicas sobre la incidencia del autismo en la población infantil. Es decir, no todos los profesionales que se ocupan de la salud infantil, piensan lo mismo en cuanto a la frecuencia con la que se encuentran estos casos en los hospitales o en los consultorios.

Algunos le atribuyen un aumento en los tiempos contemporáneos, y otros consideran que hay otros problemas de mayor relevancia que sufre la infancia, como la violencia familiar, el maltrato infantil, dificultades escolares y trastornos de conducta.

Sin embargo, no hay duda que hay un número de niños que lo padecen, y que es importante conocer cómo se expresa para poder reconocerlo. Pero siempre teniendo en cuenta que no podemos hacer generalizaciones, sobre todo cuando las expresiones sintomáticas surgen durante la infancia.

Esto es porque el niño está en pleno desarrollo de sus capacidades madurativas y posee una enorme flexibilidad en sus mecanismos psíquicos, ya que está en los momentos donde su mundo emocional se está armando.

La infancia se caracteriza por ser un proceso en movimiento permanente donde el niño va a ir adquiriendo día a día nuevos logros y desarrollando nuevas capacidades. Es el momento del hacer, del realizar, de crear.

Al contrario de lo que nos ocurre a los adultos, que somos sujetos que hemos alcanzado "la madurez" de nuestros recursos, y nuestra personalidad ha sido desarrollada.

Este concepto, de entender que un niño no es un sujeto ya completado, sino que está en pleno proceso madurativo, es básico para comprender todas las expresiones de la infancia.

Y esto hace que el niño tenga una enorme capacidad de cambio, algo que el adulto fue perdiendo por el anquilosamiento propio del crecer y madurar.

Es por ello que cuando un niño comienza a demostrar expresiones sintomáticas es que hay que entender que simplemente nos está alertando que algo no está andando bien en su interior. Que algo le está pasando, o algo lo está perturbando y, en primer lugar, lo que tenemos que hacer es escucharlo. No prejuzgarlo, ni acudir rápidamente a que lo etiqueten con algún "trastorno conductual". Sólo tenemos que escucharlo con atención. Y si aún no adquirió el lenguaje, aguzar nuestra observación y entender que el niño no parlante nos va avisar que algo no anda bien a través de alguna expresión somática, o estados de angustia o de llanto inmotivado, o de repliegue en sí mismo, etc.

Cualquiera sea la forma que adquiera aquello que está perturbando al niño, habrá que comprenderlo como un signo de llamada al adulto para que lo asista en su padecer. Y habrá que evaluar si es una expresión momentánea o permanente para que esta llamada se convierta en un signo de alarma.

Pero en ningún caso olvidar que en la infancia todo está por hacerse, y que no existen estados estancos, ya que el niño se está armando como sujeto. No es un sujeto acabado.

Que aquello que le está pasando estará relacionado con su historia, con el vínculo singular que se establece entre un niño y sus padres, quienes además están insertos en sus propias historias, y todos atravesados por acontecimientos azarosos imprevisibles, que pueden haber coincidido con momentos claves en el desarrollo de ese niño.

Por ejemplo, un chico puede haber sido deseado y esperado con amor, pero, por ejemplo, fallece el padre de la madre durante la gestación. Es probable que una madre que debe atravesar un duelo mientras gesta un bebé va a estar impactada por la pérdida dolorosa y le costará conectarse con el mismo.

Este ejemplo muestra hasta qué punto el devenir del desarrollo de un chico depende de una multiplicidad de factores contextuales (acontecimientos azarosos), el medio ambiente (el estado madurativo y afectivo de la pareja parental), la salud emocional de los adultos cuidadores y el grado de sostén ambiental de toda la familia (carencias, enfermedades, etc).

Una vez que comprendemos que el niño depende de su ambiente y de su historia para desarrollarse hacia la salud y la madurez, es que podemos comprender que las expresiones sintomáticas de la infancia son modos que tiene el niño de avisarnos que alguno de estos factores, o todos, no están funcionando satisfactoriamente.

Desde esta óptica, cuando decimos que un niño padece autismo, en realidad sólo estamos describiendo un modo particular de sufrir, el cual debemos descifrar.

El Autismo, así denominado por el psiquiatra infantil Kanner, es una descripción de un conjunto de expresiones sintomáticas en el niño. Describe básicamente cuando un niño no se conecta con los demás, elige la soledad antes que la compañía, y se comienza a aislar del mundo. Esta actitud puede comenzar tempranamente, inclusive siendo un bebé.

Cuando esto ocurre, si un niño comienza a replegarse sobre sí mismo, y se muestra desinteresado del mundo circundante, algún motivo posee, aunque nos resulte enigmático .

En todos los casos habrá que consultar a un profesional especializado en psicopatología infantil para ahondar en el mundo interno del niño y entender, como dijimos antes, los múltiples factores que puede haber tenido lugar en este niño en singular.

Es importante que los padres entendamos que cuando un hijo nos muestra una forma de padecer, no nos está diciendo que somos los culpables de ello. Nos está diciendo que no tiene otra forma de hablarnos de su sufrimiento y que sin nuestra ayuda, lo dejaremos solos en su padecer.

Si logramos no sentirnos culpabilizados porque nuestro hijo no salió perfecto, como inconcientemente esperábamos, sino que también tiene derecho a sentirse mal o sufrir, vamos a poder acudir en su ayuda y escucharlo o consultar con un especialista.

Vivir realmente es un arte que, en general, nos sale bastante mal. No somos perfectos y nuestros hijos no tienen porqué serlo tampoco.

Admitir que un hijo sufre muchas veces es lo único que podemos hacer, pero esto ya es una gran cosa. Porque si no lo admitimos, dejamos a un niño sumergido en su sufrimiento.

Autismo, no

En los últimos años , a través de los medios de comunicación y de investigaciones pseudos científicas se han propagado siglas para denominar el padecer en los niños. Esto comenzó cuando un manual de clasificación de los trastornos mentales (DSMIV), proveniente de USA, difundió una serie de trastornos con siglas como: TGD, ADD, ADHD; TOC; TOD; Bipolaridad y nuevamente el Autismo.

Desde esta óptica, todos estos supuestos trastornos no son más que una serie de conductas clasificadas con sintomatología coincidente. Por ejemplo, aparecen los Trastornos de espectro autista, donde cualquier chico levemente o muy aislado, o que habla más tarde de lo esperado, puede entrar rápidamente en este espectro y ser etiquetado como autista.

Lo más grave de esta óptica no sólo radica en el etiquetamiento precoz de un niño, sin conocer los motivos por los cuales se expresa de esta manera, sino que lo que el DSMIV plantea es que estos trastornos son de raíz biólogica. De esta manera la terapéutica básica es la psicofarmacológica.

Entonces, desde esta línea se lo deja de escuchar al niño, porque se le presupone un trastorno biológico, NO demostrado, que requiere de indicación de psicofármaco.

Actualmente, estudios que provienen de USA informan que cada vez se está medicando a niños cada vez más tempranamente, desde los dos años de edad .

Esto es grave, ya que son psicofármacos de los cuales no se sabe cuál puede ser el efecto de administración a largo plazo y desde tan temprano. Así como todos tienen efectos secundarios, que podrían traer afecciones secundarias tanto somáticas, como cardiológicas , metabólicas, como psíquicas imprevisibles.

Es importante estar alertados sobre este empuje a medicar a los niños que se ha instalado en la cultura, de la mano de pediatras, neurólogos , psiquiatras y psicólogos, que han cedido a la presión del pseudocientificismo que proviene del país del norte, la cuna de la la industria farmacéutica.

Como conclusión recordemos que los niños dependen de los adultos para crecer, desarrollarse y ser escuchados. Si nosotros les negamos nuestra escucha y sentido común, los dejamos expuestos a recursos que promueven el facilismo y la ilusión que una pastilla puede aliviar todo sufrimiento, cuando en realidad sólo se "adormece" o reprimen sus formas de hacernos saber que están sufriendo.

Y, privados de nuestro sostén, los dejamos librados al pseudosostén de las drogas, livianamente llamadas legales.

 

Fuente: Lic Silvia Morici, Piscóloga, Psicoanalista, Especialista en niñez y adolescencia. Miembro del Comité Científico del IV Simposio Internacional sobre Patologización de la infancia que se llevó a cabo en junio en Buenos Aires.

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