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Genival y Katia, residente en San Pablo, se conocieron, se enamoraron y se casaron gracias a otro encuentro amoroso: el de sus perros lazarillos. Leila de diez años, y Sam, de nueve, ambos adquiridos en Michigan EEUU, para ser la “luz de los ojos” de estos dos invidentes.

“Fuimos a buscar los perros a Estados Unidos por medio del Instituto Iris, los dos por la misma época, en 2006″, cuenta el abogado en declaraciones recogidas por el periódico Folha.

Durante las jornadas de entrenamiento de humanos y perros, que a veces duraban hasta doce horas, él no perdía el tiempo. Yo aprovechaba para cortejar a Katia, mientras Sam jugaba con Leila”, recuerda.

De regreso a Brasil, ambos fueron estrechando lazos, con el pretexto de intercambiar saberes y “sacarse dudas” sobre el manejo y cuidado de sus amigos peludos. Se casaron hace cinco años, y obviamente los perros también viven juntos.

“Siempre bromeo diciendo que los perros son más unidos que mi marido y yo. No se separan nunca, y Leila hasta le hace de almohada a Sam”, cuenta Katia, quien tras un largo proceso de pérdida de visión, quedó totalmente ciega en 2010. A diferencia de su marido, ella sí alcanzó conocer mediante la vista el rostro de su cónyuge.

Según Genival, la pareja y sus perros conforman una familia muy unida.

“Si llego más temprano a casa con Leila, ella permanece atenta a la espera de Katia y Sam. No sé cómo lo hace, pero cuando ellos todavía están a cinco cuadras de casa, ella los percibe y comienza a ponerse inquieta”, refiere.

Para el matrimonio, los perros son de suma importancia, no sólo afectiva sino práctica. La casa donde viven fue escogida en función de sus lazarillos, cuenta con una habitación exclusiva para ellos y mucho terreno para que jueguen y corran.

Pase a retiro

Juntos, los cuatro han viajado a Argentina, Portugal, Uruguay y muchos lugares de Brasil. Sin embargo, Genival y Katia saben que en breve deberán afrontar un momento duro: la jubilación de sus amigos de cuatro patas.

“Sam todavía logra mantener la rutina de trabajo conmigo normalmente, pero su ritmo está disminuyendo. Está más cansado y pronto deberá detenerse”, cuenta su dueña.

Leila también siente los efectos del “ultraje de los años”, e incluso durante una actividad placentera como recibir un cepillado, siente dolor en la columna.

“Ellos están muy acostumbrados a estar en contacto con gente todo el tiempo. Cuando se jubilen tendremos que traer a un asistente a casa para que esté con ellos, o llevarlos a casa de su abuela (la madre de Katia)”, afirma Genival.

Incluso cuando se produzca la llegada de nuevos y jóvenes lazarillos, algo para lo que todavía no tiene fecha, el matrimonio no piensa desprenderse de sus amigos y celestinos.

“Me quedé ciego a los 17 años y viví muchos momentos de ira. Odiaba mi condición. Leila me trajo esperanza, nueva vida y nueva visión, literalmente. Es más que justo que le demos una vejez digna a nuestros canes”, subraya.

En los próximos años, la manada va a contar con un nuevo miembro, pero esta vez humano.

“Estamos planeando todo muy bien. Primero vamos a resolver el asunto de los nuevos perros, y luego intentaremos tener un bebé”, anuncia Katia.

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