Adriana Macias : 'Quería ser la princesa del cuento, no el capitán Garfio'

 Las uñas de Adriana Macías brillan, las tiene pintadas con escarcha plateada. Son largas y limadas en forma cuadrada. También brillan su argolla de compromiso y anillo de matrimonio.

Con mucha agilidad y rapidez, mueve sus dedos gordos y los que le siguen para buscar las fotos en su celular; quiere mostrarnos las de la ecografía de su bebé, en 3D, hechas cuando tenía cuatro meses de embarazo; ahora tiene cinco y medio.

Es una niña y la van a llamar Meritxell, como la Virgen patrona de Andorra, que su esposo Juan conoció allí poco antes de encontrar a Adriana; tiene la mano derecha mucho más grande, dicen, por tantas bendiciones que da.

Lo anterior no tiene nada de curioso solo por una cosa: Adriana lo ha hecho todo –usar el celular, buscar la foto y contar la historia mientras ‘manotea’– con sus pies.

Esta mexicana, de 37 años, nació sin brazos por algo genético, sin una razón en particular. Y desde que era una bebé aprendió a utilizar sus pies como si fueran sus manos.

“Luego de la felicidad de tener a mi bebita, vino la preocupación por su futuro, por su independencia. Pero pronto ella nos dio la luz de cómo actuar: empezó a agarrar el biberón y sus juguetes con los pies, por puro instinto. ‘Pues ahora va a tener que hacer todo con ellos, nos dijimos’ ”.

Eso contó Guadalupe Juana, su mamá, que acompaña a Adriana a todos sus viajes para dar conferencias por Suramérica, Centroamérica, Estados Unidos y Europa. Por eso estuvieron en Bogotá, para dictar una charla sobre liderazgo en los foros que Cafam hace sobre el tema.

¿Cuento con final feliz?

Pese a ese mensaje y a la agilidad que ya mostraba con sus pies, ellos le insistieron en que aprendiera a usar las prótesis. Pero a ella no le gustaban, no solo porque ya hacía todo con los pies (bañarse, vestirse, tender la cama, escribir, sacudir, doblar la ropa, jugar con sus muñecas...), sino por un argumento mucho más contundente para una niña: “Yo quería ser la princesa del cuento, no el capitán Garfio”.

Nunca se adaptó a las prótesis, le parecían pesadas y estorbosas. “Los doctores no tenían la visión de que pudiera hacer todo con los pies, pero yo ya tenía mucha práctica por mis juegos: las Barbies fueron mi mejor terapia porque con ellas aprendí a peinar, a vestir, a abrochar botones, cosas que luego hice conmigo. Por eso cuando iba a las terapias y los médicos me dejaban sola, me quitaba los zapatos y hacía todo con los pies para irme rapidito. Lo primero que aprendí a hacer con las prótesis fue a quitármelas”.

Pero acordó con sus papás que las usaría para ir a la escuela, y aunque aprendió a escribir con ellas, prefiere hacerlo con los pies. “Y tengo mejor letra con los pies, eh”.

Además, se negaba a usarlas porque estaba segura de que sus brazos le iban a crecer en algún momento: “si mis papás tenían brazos, si mi hermana tenía brazos, si los demás tenían brazos, pues a mí me iban a salir brazos. Si me crecía el pelo, si me hacía una herida y me salía piel, pues me iban a salir los brazos”, cuenta Adriana.

Pero llegó la adolescencia y definitivamente los brazos no crecieron. “Me pregunté qué iba a hacer en este mundo si todo se hace con los brazos. Qué iba a ser de mis sueños, como casarme, tener hijos, ser independiente, hacer una carrera; se te vienen un montón de ideas negativas, te comparas con los demás, con quienes sí están haciendo las cosas que tú quieres. Solo algo estaba claro: que no me iba a casar porque nadie iba a pedir mi mano”.

Ese sentido del humor, el burlarse de ella misma, ha sido otra herramienta fundamental para convertirse en la mujer exitosa que va de ciudad en ciudad, y de auditorio en auditorio, dando charlas muy entretenidas y motivacionales.

También ha sido importante el apoyo de sus padres, que desde que la vieron decidieron que tenía que ser independiente en todos los sentidos y no vivir a expensas de la gente o de un esposo que la mantuviera, aunque esto haya implicado contener sus impulsos protectores y las ganas de hacerle las cosas, especialmente aquellas que le costaban algún trabajo o las que comenzaba a aprender.

“En ese momento difícil, ellos me hicieron caer en cuenta de que si era feliz cuando no tenía los brazos, qué diferencia había ahora que ya definitivamente no los iba a tener. Poco a poco fui entendiendo la magia de esa actitud”, relata.

Aunque cuenta sus historias con la tranquilidad que da la distancia de los hechos, con las ganancias de haber asimilado las experiencias y con un positivismo y alegría contagiosos, ha habido otros momentos dolorosos.

“Cada etapa ha sido muy difícil para ella, aunque siempre lo ha tomado con muy buen carácter. Aprender a caminar, por ejemplo. Se caía mucho porque perdía el equilibrio; tiene varias cicatrices en el mentón, que ya ni se notan. También en la adolescencia, aunque tenía muchos amigos, que se los ganaba por su sentido del humor, estaba el tema de los novios; no todos los muchachos tienen la educación ni la capacidad de entender que la discapacidad no es un obstáculo y que lo que importa es la parte interna”, dice su mamá.

Razón tiene ella, y la vida se lo demostró a Adriana a través de su novio, con el que se iba a casar después de tres años de noviazgo. “Me dijo que definitivamente no podía vivir con una persona que no tenía brazos y se canceló lo del matrimonio. Yo seguí dando mis conferencias a pesar de las circunstancias y me oía para hacerme la terapia a mí misma. Claro, por la noche me ponía mis bolsitas de té para bajarme las ojeras. No me sentía triste por tener una discapacidad, aunque ese fue el motivo por el que él se fue, sino por no cumplir mi sueño”.

Casi un año después, se levantó una mañana, dispuesta a cerrar ese capítulo. Asumió que si a lo mejor no le tocaba casarse y tener hijos, tenía muchas otras cosas que la hacían feliz, como su familia, su trabajo y sus amigos. “Me dije: ‘voy a vivir con dignidad y feliz lo que me toca vivir, no voy a estar más triste’. Esa actitud positiva es una decisión que uno toma, ser feliz es una decisión personal, y yo la tomé”.

Y algo pasó con el cambio de actitud: ese día por la tarde conoció a Juan. Y ya han pasado 13 años de su vida junto a él, cinco de noviazgo y ocho de matrimonio.

“Uno debe estar abierto a ser feliz. Cuando tienes bien claros tus objetivos, las oportunidades van a llegar; lo único que necesitas es ser muy inteligente para tomar la mejor decisión”. Y lo dice seria, convencida, segura.

Él la contrató para dar una conferencia. Al oírlo por teléfono se imaginó que era un viejito, por lo formal y serio que se oía, y porque sabía mucho sobre discapacidad. “Después de mi experiencia con lo de mi novio, yo pensaba que a los jóvenes no les interesaba ese tema, pero cuando nos reunimos para hablar de los detalles, me sorprendió: no era ningún viejito y me pareció guapísimo; y con todos esos valores, pues me dije: ‘me voy a casar con él’ ”. Y así fue.

Un cuento bien contado

Estudió derecho, pero ser conferencista ha sido su trabajo, su pasión y su misión en la vida desde el día que dio la primera charla, por pura casualidad, a los 18 años, cuando era pasante en uno de los bancos más importantes de México.

“En una fiesta conocí a una psicóloga, que era cuñada de una subdirectora del banco, y a ellas se les ocurrió que diera una conferencia motivacional porque ya era diciembre y podía contar lo que era una experiencia difícil y bonita. Y me gustó la idea, a mí que me encanta platicar”.

El auditorio puso cara de “esta niña de qué nos va a hablar”, pues había mucho ejecutivo. “Y más cuando me siento, subo los pies y empiezo a ‘manotear’, porque si no hago esto, me hace falta la mitad de la plática”.

Es cierto, en sus conferencias, en una entrevista, en una visita, en su casa, donde esté, apenas se sienta se quita de primero, por lo general, su zapato derecho; y con una flexibilidad de contorsionista, apoya sus palabras con la expresión de sus pies.

Tantos años de experiencia en esto han hecho que logre casi girar sus dedos, en especial el gordo, para agarrar cosas, escribir, maquillarse (es vanidosa y le gusta estar siempre arreglada), peinarse, bañarse, vestirse (trata de que la ropa no tenga botones ni cremalleras, a menos que el vestido le guste mucho), comer, manejar, tomar fotos –incluidas selfis–, hablar por celular, escribir en el computador, lavar los platos, tender la cama, cocinar... “Cocino con las patas, pero me queda bueno”, se burla.

Pese a la novedad de la experiencia, le fue bien y nunca más paró. Comenzaron a llamarla de colegios, de empresas, de grupos. Así que le tocó organizar y prepararlas en forma. Un amigo que daba cursos y talleres de hablar en público la fue orientando. “Luego estudié oratoria, redacción, hice distintos talleres de inteligencia emocional, programación neurolingüística, sicología de la felicidad... Y ahora mismo estoy estudiando una maestría en ecología emocional. Todo el tiempo estoy estudiando cosas sobre emociones y psicología”.

Con esos conocimientos ha escrito dos libros de superación –Abrazar el éxito y La fuerza de un guerrero–, una obra de teatro –Amor hecho a mano– y ha preparado 15 conferencias distintas sobre liderazgo, trabajo en equipo, calidad de servicio, para jóvenes, del reino animal al mundo empresarial, poder femenino, salvando al superhéroe (para papás)...

El auditorio disfruta, participa, se ríe, le contesta en coro, aplaude, se sorprende... Ella cautiva con su buen humor, con anécdotas de la vida diaria, con imágenes fáciles de asimilar, mientras su mamá se encarga del computador. Definitivamente, Adriana hace lo que más le gusta: platicar y ayudar a la gente. Y cierra su conferencia con broche de oro, una demostración más de su agilidad: toma unas selfis con el público de fondo para subir las a sus redes sociales y seguir promoviendo su trabajo.

 

 

 

Fuente: El Tiempo

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